Los Demás
Mi relación con Instagram ha cambiado al mismo ritmo que mi relación con el café en los últimos meses. Me tocó salirme un ratico de mi cuerpo, verme desde afuera y entender qué me funcionaba y qué no. Muchas veces, ver la vida como un juego nos permite ser el estratega en vez del peón. Desde ahí se pueden tomar decisiones más objetivas. En cuanto a Instagram, me dediqué solo a consumir contenido que me nutriera; dejé a un lado las vidas ajenas que me hacen cuestionar y replantearme mi vida cada luna llena.
Hace poco, sentada en un jardín lleno de pájaros, flores y mariposas, leí algo que tocó varias fibras de mi cuerpo. Solemos hablar sobre el tiempo y sobre cómo este es el recurso más valioso, pero nunca hablamos de nuestra energía: de cómo la obtenemos, la gestionamos, la usamos o la malgastamos cuando la ponemos solo en los demás. ¿Por qué el otro es más importante que nosotros mismos? Si la energía es el recurso que tenemos todos los días para lograr lo que queremos, no vaya a ser que la estemos repartiendo como cafecito caliente de oficina corporativa en vaso desechable.
Aprendí que cada fantasía mental cuesta poder personal. Definamos fantasía mental como cualquier cosa que deseamos, pero que no está presente ante nosotros en este preciso instante. Cada pensamiento obsesivo que tenemos con esta fantasía nos drena nuestra energía vital. Cada momento en el que mentalmente estamos sumergidos en alguien o en algo que no está físicamente presente, es como si estuviéramos entregando una gasolina premium que nuestra alma necesita para sanar, para crear y para construir, en realidad, esa vida a la que tanto le echamos mente.
Entregar la energía a los demás sin presencia, poco a poco, hace que nos perdamos de nosotros mismos. Se nos escapan la claridad y el propósito, sin ni siquiera tocar a esa persona a quien le estamos entregando todo con tan solo nuestra mente.
Es tan común poner nuestra energía en otros que ni siquiera nos damos cuenta de cómo esto nos drena y nos aleja de nuestro interior. La ponemos en otros cuando sus opiniones van por encima de nuestras verdades, cuando priorizamos sus sueños sobre los nuestros, cuando no actuamos por supuestos, por miedos o por límites instaurados que ya no nos sirven en nuestra vida adulta. Lo hacemos también en el sexo, cada vez que se hace sin presencia, sin corazón, sin intención. Toda esta energía migra de nuestro cuerpo hacia los demás.
La ponemos tanto en otros que olvidamos que los demás son un espejo. Nos comparamos con los demás, buscamos aprobación de los demás, nos enojamos con los demás, culpamos a los demás, necesitamos a los demás, amamos a los demás, y solo cuando la vida nos tira a una lavadora como ropa sucia nos damos cuenta de que los únicos que realmente tenemos el control sobre nuestra energía somos nosotros.
¿Hacia dónde va tu energía? ¿Cuánto de lo que piensas de los demás habla de ellos? ¿O será que habla de ti?
Enfocarse en uno primero para poder darle a los demás; no drenarse ni dejar de ser por los demás.





