La Valentía
Debe de ser difícil enfrentarse a la hoja en blanco cuando uno sabe cuál es su nombre, su apellido, dónde vive, a qué se dedica y cómo aparece en las redes sociales, pero no quién es. ¿Quién soy? ¿Adónde me he ido? ¿Hace cuánto? Me lo preguntaba una amiga que quería iniciarse en la escritura. Le aconsejé cerrar los ojos y, sin pensar tanto, dejar que el lápiz pintara figuras que se transformaran en letras; las letras, en palabras; y las palabras, en verdades. Sin darse cuenta, el texto fluye como un río que desemboca en el mar, arrastrando piedras tan pesadas como las cicatrices de su alma. Eso hace la escritura: saca de cajones oscuros y viejos nuestras verdades más grandes.
Los cambios más profundos de nuestra vida casi siempre vienen antecedidos por una dosis de valentía. Lo extraño es que la valentía casi nunca se siente heroica ni, valga la redundancia, valiente. Se siente, más bien, como unas manos sudadas, un corazón que palpita más rápido de lo normal, una decisión incómoda de tomar, miedo a lo desconocido, un cambio de piel o un salto al vacío. Debe de ser por eso que muchos prefieren quedarse en la comodidad antes que pasar por valientes. Prefieren ser niñas o niños buenos antes que auténticos. Vivir infelices el resto de la vida antes que atreverse a disfrutarla. Complacer antes que salir a hacer.
Muchas veces juzgamos esos actos de valentía en los demás como si estuviéramos habitando sus vidas, olvidando que, cuando alguien toma una decisión de cambio, no es precisamente porque su vida vaya de maravilla. Nos sentamos a juzgar a quien se separó teniendo hijos, a quien dijo que no, a quien renunció a un trabajo estable, a quien se viste diferente, a quien dejó de tomar alcohol o a quien quiere tener cinco hijos en pleno siglo XXI. Todo esto, cuando se hace desde la verdad propia, puede ser un acto de valentía. Porque la valentía es la capacidad de actuar en coherencia con aquello que consideramos verdadero, importante o necesario para nosotros, no para nadie más.
Siento que uno de los actos de valentía más grandes que podemos realizar es conocernos y, desde ahí, crearnos. Desde la infancia somos moldeados por una sociedad y por un deber ser tan rígido y estructurado que ni siquiera nos damos cuenta de cómo nos dejamos llevar por los tenis de moda, el matcha, la agenda, el carro eléctrico, la vida de casada a los 30 y tantos, las tendencias, y las formas en que supuestamente deberíamos comportarnos. Tenemos una lista de tareas tan instaurada en la mente que ni siquiera la cuestionamos. Y seguimos siendo imprudentes, haciendo preguntas absurdas a quienes deciden vivir a su manera.
Se necesita valentía para detenerse y preguntar: ¿Quién soy? ¿Quién soy sin que la sociedad me diga quién debería ser? ¿Soy artista o, más bien, intelectual? ¿O soy una mezcla de ambas? ¿Amo el mar, el bosque, la jungla o ninguno? ¿Me gusta realmente el café? ¿Quién soy porque mi alma lo dicta y no como consecuencia de mis miedos ¿Quién sería si mis sueños no estuvieran rotos?
La valentía no te garantiza tranquilidad, pero sí una vida más auténtica. Y cuando vivimos desde nuestra verdad, el universo parece hacer magia.
La valentía es tu varita mágica.





