La Motivación
Cuando un gran porcentaje de la población consume café como despertador, es porque, sin duda, algo pasa. Debe ser porque creen que en cada grano está escondida la motivación que andan todos buscando de manera desesperada. La misma que ni ayer, ni antier, ni hace cuarenta días encontraron para poder arrancar con su lista de tareas.
El café se convierte en otra de esas motivaciones piadosas, como lo es conseguir el carro del vecino, la casa del amigo rico, más ropa o las chanclas de tres puntadas que no sé por qué están de moda otra vez. Nos llenamos la vida de estos motivos que nos hacen sentir eléctricos o, bueno, con la energía suficiente que nos lleva al hacer. Pero ¿qué pasa cuando todas estas motivaciones son externas? No son sostenibles y la motivación se suele desvanecer. ¿Y qué pasa cuando creemos que no la tenemos?
Confundimos la motivación con una sensación burbujeante en nuestro cuerpo, pero la verdad es que esta es solo el botón de arranque. La palabra viene del verbo mover, entonces la pregunta no es tanto: ¿cómo me inspiro?, sino: ¿qué hace que me mueva? ¿Qué hace que algo me importe lo suficiente como para moverme hacia ello? Te aseguro que no es el carro, sino cómo te hará sentir a quien montes en él.
Pero ¿y si ni siquiera esa persona logra prender el motor? Cuando las tareas cotidianas se vuelven pesadas, la vida un trabajo sin sentido, y no hay motivación ni para empezar. No es que no queramos, es que tal vez no tenemos la energía psicológica para hacerlo. ¿Qué quiere decir esto?
El cerebro tiene la capacidad, en milisegundos, de tomar lo que queremos lograr, como empezar un negocio nuevo, y restarle la suma de todo aquello que nos costará conseguirlo. Como cuánto tiempo le debemos invertir, cuántos fines de semana debemos cancelar la ida a la finca, cuántas decisiones complejas tendremos que tomar, cuántas veces nos tendremos que parar de la cama aunque no queramos, cuánta plata iremos a perder y cuánta gente nos verá con cara de fracasados. Esa ecuación toca multiplicarla por los recursos que tiene el cuerpo, como el sueño, la ansiedad, la tristeza o la enfermedad, para que sea más real.
Si pesa más el logro que el esfuerzo, tendemos a movernos. Pero si sentimos que el esfuerzo es demasiado para el logro, o si los recursos del cuerpo están limitados, solemos congelarnos. Debe ser por eso que el gimnasio se ve vacío un día frío y lluvioso a las 6 de la mañana en Bogotá; el esfuerzo es simplemente demasiado para ponerse el vestido de baño solo en la semana off.
Entonces, ¿no será inteligente, si uno siente que no se mueve, disminuir la dificultad para empezar? En vez de soltar todo un día el celular, empezar con todas las mañanas libres. En vez de crear contenido todos los días, tener la rutina de apuntar las ideas. Esperar motivación diaria es una trampa, empezando porque el cerebro primero toma acción, luego progresa, siente que es capaz y ahí se motiva más. Y porque seguramente algunos días sentiremos que debemos invertir más esfuerzo que otros.
A lo mejor el problema nunca fue el tamaño de nuestros sueños, sino el tamaño del primer paso que nos exigimos dar.





