El Despertar
Ya no tomo café para despertarme. Ni té verde, ni chocolate, ni matcha, ni mate. ¿Qué me ha pasado? Parece ser que ya no necesito ninguna sustancia que entre líneas diga teína. Ya no necesito que se me acelere el corazón para sentirme viva, motivada, ni preparada para empezar el día. Ya no necesito tener el calendario lleno de pendientes para sentirme productiva, ni la cuenta llena de dinero para sentirme suficiente. ¿Qué me ha pasado? No puede ser que a uno, de un momento a otro, le cambie la vida. No puede ser que, de un momento a otro, uno tenga la extraña capacidad de verse desde afuera, como si uno fuera el actor principal y la vida su teatro. ¿O sí? Me decía mi madre: son los días menos esperados los que parten la vida en dos; que amara y sintiera, porque vivimos muchas vidas dentro de una misma. Parece ser que la mía, como la de muchos, se parte antes y después de despertar.
Pero ¿qué es eso de despertarnos? ¿Cómo me desperté? Ahora no me digan que es otra tendencia que, como milenial, sigo de Instagram, porque mi algoritmo ahora solo me muestra astrología, sincronicidades y medicinas sin remedios. Para mí no es una tendencia, ni lectura de cartas o restos de café. Se los explicaría con detalle, pero no nos tenemos tanta confianza. Basta con decir que ya no necesito algo que me despierte, porque cuando abro los ojos siento recorrer en mi sangre caliente una corriente de energía que ningún café de 90 puntos hubiera logrado.
Lo que sí les puedo contar es que el despertar del que se habla hoy, el de la consciencia y el de comprender que vivimos la vida de todos menos la propia, es de todo menos bonito. Al principio puede sentirse como perder el piso. Porque cuando uno empieza a cuestionar lo que antes daba por sentado, también empiezan a caerse versiones de uno mismo que durante años parecían permanentes. Trabajar por cumplir: lo siento, eso ya no te sirve. Una relación por el deber ser: lo siento, eso ya no te sirve. La comodidad en lugar de ir por los sueños: lo siento, eso ya no te sirve. Actuar y echarle la culpa a todos: lo siento, eso ya no te sirve.
Despertarnos no es volvernos otra persona; es simplemente empezar a ver con claridad quiénes llevamos siendo por años en automático, pero, más que todo, recordar quiénes hemos sido, en esencia, desde siempre. ¿Quién soy sin lo que se espera de mí? Se dice despertar porque es como si, por primera vez, la conciencia hablara y dijera: “Quiero observarme para dejar de reaccionar. Quiero entender por qué tomo las decisiones que tomo. Desde dónde nacen mis propias contradicciones”.
Despertar es oírnos, sentirnos, vivirnos. Desde una verdad tan propia como honesta, tanto que nos jala como un imán. Despertarnos no es hacer yoga. No es dejar el café. No es irnos a vivir a la selva. No es vestirnos hippie. No es hacer medicinas ancestrales. No es meditar. No es llenarnos de cuarzos. Despertarnos es abrir los ojos por dentro, no importa como. Y, después de eso, aunque queramos, no poder volver a dormir igual.
Estamos todos dormidos ante lo esencial.





