La Paciencia

La Paciencia

 

La Paciencia

Cuando uno se termina de tomar el café de la tienda donde venden cuarzos de todos los colores, palo santo, copal y palitos de incienso con olor a sándalo, puede leer una frase en el fondo de la taza que dice: «Paciencia, todo llega». Trato de interiorizarla, pero no me da tiempo, porque inmediatamente estoy obligada a tomar mi celular para pedir un Uber que está a dos minutos. Aprovecho para pedir por Amazon Prime el jabón que recordé necesitaba y, de una vez, ¿por qué no?, contestar cinco chats que tenía con puntico azul en mi WhatsApp. Mi cerebro se acostumbró a la recompensa inmediata, mientras la paciencia se me escapaba como un globo a un niño de parque. 

¿Cómo le explico a mi mente, que las cosas importantes siguen teniendo el mismo ritmo que hace miles de años? Los embarazos siguen siendo de cuarenta semanas. Primero va la flor y después la fruta. Los niños caminan y después corren. No se confía en alguien por un contrato. No se domina un trabajo durante una inducción. No se añeja el vino en una semana. No se olvida al gran amor en una noche. No se transforma una vida en un solo día. Lo esencial de la vida pasa con paciencia, y nosotros hemos perdido la virtud de tenerla.

Pero ¿qué es exactamente la paciencia? ¿Es acaso esperar a que todo llegue y pase frente a nosotros como una película sobre la que no tenemos manera de intervenir? ¿O es, más bien, una acción que deliberadamente decidimos tener? La palabra paciencia en latín significa «capacidad de soportar». Curiosamente, la paciencia nunca ha significado esperar, sino, más bien, aprender a sostener aquello que duele. No es dejar de hacer; es hacer y confiar en lo que sigue después, cuando el resultado ya no depende de nosotros. Tal vez, entonces, lo que nos falta no es paciencia, sino la práctica de sentirnos incómodos.

Que incómodo se siente querer hablar con alguien y no tener respuesta. Esperar que alguien cambie. O que un negocio dé resultados. O esperar a que sane una herida. O no saber cómo se verá el futuro. Son incómodos todos los procesos que requieren la virtud de saber esperar en medio de la incertidumbre. Por eso, tal vez, la paciencia es la ciencia de la paz, porque no es esperar sin sentir; es aprender a estar en paz mientras el alma todavía quema.

La paciencia tampoco es miedo disfrazado de prudencia. No es quedarnos quietos porque tememos equivocarnos ni cruzarnos de brazos esperando que la vida decida por nosotros. La paciencia actúa. Hace todo lo que está en sus manos y, cuando ya no queda nada más por hacer, suelta la necesidad de controlar lo que sigue.

La paciencia confía en que nuestro reloj no es universal. En que aquello que todavía no ocurre no necesariamente es sinónimo de nunca. En que incluso lo que no salió como queríamos puede estar llevándonos hacia algo que aún no alcanzamos a comprender. Es confiar en que la vida, desde su mirada más mágica, a veces sabe más que nosotros.

La paciencia no es detenernos porque todo llega. Es actuar desde nuestra verdad y confiar en que, cuando hacemos nuestra parte, la vida también encuentra la manera, casi siempre de una manera fascinante, de hacer la suya.

Paz-ciencia. 

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