Semana doce del Cafecito
Se mira al espejo y se siente más cansada que nunca. Ya no sonríe con los ojos como lo hacía de niña. Ya su piel no tiene el brillo, ni su pelo la atención. Ya no se deleitan los hombres al mirarla bailar. Ni siquiera coge el cepillo para cantar en la ducha. Ha perdido la habilidad de disfrazar sus miedos, sus demonios, sus opuestos. Le toca tomarse más cafés de los que alcanza a contar para lograr sobrevivir. Hace un tiempo dejó de vivir. Parece que seguir pasos ajenos es una forma de morir.
Quien la conoce de tiempo atrás puede sentir un poco de pena. Porque su muerte no fue repentina. Ha sido lenta, inesperada, inexplicada. Muchos se preguntan: ¿cómo un águila ha decidido dejar de volar? También les parece extraña la frecuencia con la que hace preguntas. Pregunta por todo y por nada, esperando encontrar consuelo en las respuestas. Si hace algo o quiere hacerlo, empieza su bombardeo de preguntas: “¿Sí te gustó de verdad?”, “¿Lo hice bien?”, “¿Tú crees que sí soy buena en esto?”, “¿Estás orgulloso de mí?”, “Pero dime la verdad, ¿sí estuvo increíble o no?”. Con tantas preguntas, cómo no va a querer todo el día café. Cada vez que quiere salir a volar, mira alrededor a ver si alguien la está viendo para poder despegar. Parece que, aunque muerta, todavía tiene la capacidad de buscar validación, esperando que las respuestas, además de consuelo, revivan su alma.
Ella creía que lo que hacía era normal: buscar por fuera lo que necesitaba dentro. No fueron los humanos, sino la tierra, el mar y la selva los que poco a poco le mostraron cómo tratar de buscar validación constante la estaba matando, porque, sin darse cuenta, la saca de ella misma, poniendo su valor en una respuesta, una aprobación o un aplauso. Siempre en la mirada ajena. Y eso agota, porque nunca es suficiente: calma por un momento, pero no sostiene. Entonces, cualquier silencio, crítica o indiferencia no solo duele, sino que la hace dudar de quién es. El problema no es querer ser vistas, eso es humano; el problema es necesitar que otros nos confirmen todo el tiempo que sí valemos, porque ahí dejamos de habitarnos y empezamos a desaparecer dentro de la opinión de los demás.
También le acordaron que, para experimentar de nuevo la vida, muchas veces toca pasar por muertes. Dicen que esa es la manera de mirar los demonios de frente, ponerles un nombre, llenarnos de rabia por habernos permitido llegar hasta ese punto, y empezar a recoger todos los pedacitos del alma que quedaron regados, para poco a poco podernos volver a construir. La diferencia, esta vez, es que no hay molde ni reglas. Las piezas son tan mágicas que tienen el poder de moldearse a nuestro antojo para armar el rompecabezas tal como lo queramos. Es solo en la oscuridad donde podremos iluminarnos.
No fue de un día para otro que volvió a vivir. Fue por partes. No amaba por miedo a que la dejaran. Empezó a amar aunque la dejaran. No volaba porque no se lo validaban. Empezó a recorrer el cielo, aunque incomodara. Empezó a bailar, a cantar, a brillar. Empezó a encontrar adentro lo que solía buscar afuera. Y aprendió…
Que la validación no es más que tratar de buscar en otros lo que hace falta en uno.
Y es de esa misma manera lenta, pero muy esperada y explicada como uno vuelve a vivir.






2 comentarios
Elizabeth Betancour
Maravilloso!!!
Lyda Rey
Fuerte , profunda y transformadora 👏🏼👏🏼👏🏼