Semana nueve del Cafecito ☕
Es sábado. Estoy ansiosa. Me bajo del carro, cierro la puerta y entro a la casa de la amiga que no endulza el café ni lo que dice, porque su carácter viene de tierra bumanguesa. La que cuando quiere un favor, me pone a hablar. Dice que mi acento convence. La misma que hace todo a un nivel de excelencia envidiable. Por eso, su casa siempre huele rico. Como a frescura de hotel donde uno está a la expectativa del desayuno. No sé si es olor a mar, té blanco o vainilla, pero me hace sentir en calma. Igual, no voy por el olor, sino por su máquina de café. Porque cuando me prepara uno, mezclado con leche de macadamia queda sabiendo a la mamá que uno extraña.
O bueno, tal vez tampoco voy por el café, sino por la tranquilidad que me genera tener a una amiga de apellido incondicional. Y es que últimamente ando buscando gotas que llenen mi taza de cosas que sumen. Me doy cuenta que la tranquilidad lo hace, pues me hace percibir el mundo diferente, aunque amanezca igualito. Soy capaz de distinguir los rojos y amarillos del atardecer, de intrigarme por el olor de un hogar, de hacer figuras con la espuma de la leche, pero sobretodo de no dejarme definir por un mal día. ¿Es la tranquilidad lo más parecido a la felicidad? El que escribe las frases célebres de la valla más reconocida en Medellín diría que sí. Como también diría: “es mejor ser feliz que tener la razón”.
Pero ¿cómo puede sentir tranquilidad una persona ansiosa? ¿Cómo puede sentir tranquilidad una generación que se compara todo el día con vidas ajenas? ¿Cómo puede sentir tranquilidad una persona que persigue todo el tiempo emociones “buenas” y carga en su espalda, de manera silenciosa, las “malas”?
Desde pequeños nos enseñaron a perseguir la felicidad, la alegría y la sonrisa, y a huir de la rabia, la tristeza y el dolor, como si unas emociones fueran correctas y otras malignas. Nos metieron en la carrera de “ser felices”, confundiendo felicidad con alegría. Lejos están de ser lo mismo. La alegría es una emoción: se mueve, aparece, se va. Es imposible tener alegría todos los segundos de tu vida. ¿Entonces es imposible vivir felices? Es que las emociones no nos definen; son estados que pasan, no identidades que se quedan. La tristeza, la rabia o la alegría no son lo que somos, sino experiencias que atraviesan nuestro interior. Uno no es una persona feliz por reírse del chiste del día. Y uno no vive infeliz por expresar frustración. La adicción por buscar la perfección de la felicidad, es tal vez una adicción más. Con lo que esto conlleva.
Si la alegría es una emoción, la tranquilidad, por el contrario, es un estado del alma. No necesita que todo se sienta bien para poder existir. No se trata de estar siempre feliz, sino de poder estar bien incluso cuando no lo estás del todo. De no entrar en guerra con lo que sientes. La tranquilidad es lo que te ayuda a transitar esas emociones que no son tan fáciles de sentir y a disfrutar con ganas esas que sí te gusta vivir. Ambas pasarán. Ambas.
El experto de las frases parece tener razón. Porque si uno cierra los ojos en la noche y se siente tranquilo, ese estado debe ser muy similar a ganar la carrera y recibir la felicidad de trofeo. Y con mi amiga, entonces, reitero que la felicidad no siempre se siente alegre, a veces se puede sentir tranquila.
“La subvalorada tranquilidad es el más cercano y próximo estado a la felicidad.”





