La Rutina

La Rutina

Semana seis del Cafecito

A mis 20 años, cuando tenía una sed incontrolable por devorarme el mundo y tomaba café solo para aguantar sentada en una oficina de 8 a 6, la palabra rutina me hacía estremecer el cuerpo. Si algo quería era salirme de esta. Viajar por el mundo descubriendo culturas, probando sabores, aprendiendo a decir gracias en cualquier idioma posible. Sentía que la vida no tenía fronteras, ni paredes, ni responsabilidades y eso me encantaba. Porque siempre me ha gustado sentirme libre, tal vez por mi personalidad acuariana o mi edad de millennial.

Cree uno a los 20 que sabe mucho, cuando en verdad ha vivido tan poco.

Porque fue solo cuestión de romper esa rutina para empezar a extrañarla. Tal vez así somos los humanos, valoramos cuando dejamos de tener. La rutina, como la conocía, se esfumó a la par con el primer trabajo de oficina. Cuando decidí construir mis propios días, con el engaño de que emprendiendo somos más libres, mi ascendente tauro, que necesita estabilidad, aunque siga sin admitirlo, empezó a extrañar el orden. Extrañaba saber a qué hora empezaba el día. Extrañaba esa tranquilidad casi corporal que produce lo conocido. Porque hay algo profundamente calmante en hacer lo mismo cada día a la misma hora. Una sensación parecida a hogar. Y si sabe a algo, seguro es a cafecito de la mañana.

Pero, ¿será entonces que a mis 20 confundía rutina con rigidez? ¿Será que el problema no era la rutina, sino lo que hacía dentro de esta? Porque si algo puedo confirmar hoy es que amar los lunes es amar la vida.

La rigidez es no poder moverte. O pretender que la rutina siempre se verá igual durante todas las etapas de tu vida. Es creer que si no estas sentada trabajando a las 8am no eres suficientemente productivo o si no estas en el gym a las 5 am tienes vida de mantenida. La rutina es una base, una estructura mínima que te permite no empezar adivinando cada mañana. Y eso, lejos de quitar libertad, libera energía mental.

La libertad absoluta suena romántica a los 20. Pero la libertad sin dirección también agota. Te llena de opciones, pero te vacía de enfoque. Y yo, que siempre he pensado que necesito movimiento constante para sentirme viva, descubrí que también necesito raíces para no dispersarme.

Hoy la rutina no es una cárcel mental. Es una decisión consciente. Es elegir ciertos pilares que se repiten para poder permitirme improvisar en lo demás. Es tener hora de dormir, pero no necesariamente en el mismo lugar. Es tener horario de trabajo esté donde esté. Es sostener hábitos que no siempre son emocionantes, pero que construyen algo más grande que el impulso del momento.

La pregunta entonces ya no es si quiero rutina o no. La pregunta es si estoy creando una que me represente, sin importar en cual idioma esté dando las gracias.

En fin, tener rutina libera, y es reparador tener la libertad de romperla.

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