En los años 20, las mujeres no podían elegir el café que querían, mucho menos el país que las gobernaba. En los 50, el café debía servirse caliente, con el vestido planchado y, por favor, sin olvidar la sonrisa. En los 90, el café se volvió símbolo de independencia: una taza en la oficina, una agenda en la mano y un corazón dividido entre el deber y el deseo. Y hoy, en pleno siglo XXI, seguimos preguntándonos cuántas versiones de la mujer caben en una sola. Tenemos la capacidad de ser mamá, esposa, empresaria, ama de casa, amiga e hija, en un solo cuerpo. Pero, ¿si podemos serlo todo a la vez? ¿De dónde sale tanta exigencia? ¿Cuándo decidimos igualar al hombre?
Creo que la mujer, en su momento, hizo lo que tenía que hacer. Si hablamos de energías, no de roles ni de creencias, de la energía masculina surge el proveer, la fuerza, el hacer y la protección. El hombre, por esta energía, se hizo cargo del rol de traer la comida a casa. En el mundo moderno, donde ya no se caza sino que se sobrevive con dinero, fue él quien salió primero en busca de este. Pero resulta que el dinero no solo proveía: también daba poder, libertad y acceso a satisfacer los placeres individuales. ¿Abusó el hombre de este poder, creyendo que por tener estos accesos era superior, intocable, indomable? ¿Pudo la historia ser diferente si, en lugar de usar el dinero para dominar, se hubiera usado para empoderar a la mujer, para proteger el hogar y honrar la energía femenina?
El feminismo no es lo opuesto al machismo. Nace del deseo de buscar una igualdad de derechos, oportunidades y libertades entre mujeres y hombres. No nace del deseo de dejar de hacer lo que la naturaleza nos ha regalado. El feminismo no es creerse superior, es buscar equilibrio para encontrar armonía. Pero, para lograr esa igualdad, muchas han olvidado la mujer salvaje que las habita.
Esto ha dejado a la mujer en una batalla silenciosa con su energía primitiva. Olvidando que dentro de cada una hay una criatura natural, instintiva, apasionada y excesivamente sabia. Olvidando su poder creador, en todos los sentidos: de vida, de ideas, de vínculos. Hemos olvidado honrar nuestro ciclo, porque el mundo celebra es lo lineal. Entender ese ritmo —de expansión y retiro, de florecer y soltar— es un acto de amor propio.
La liberación de la mujer es disfrutar su verdadera esencia. Es priorizar sus tiempos y momentos de la vida. No está en luchar por ser más, sino en atreverse a ser auténtica. la realización no llegará cuando igualemos al hombre, sino cuando nos demos el valor.
Ojalá nunca olvidemos que no somos lo mismo.
Pero siempre mereceremos lo mismo: que nos dejen ser.


4 comentarios
Luisa Fernanda Vaca
Me encantó tu mensaje y estoy totalmente de acuerdo. Siento que no se trata de buscar ser iguales, sino de honrar nuestros dones individuales. Cuando nos honramos a nosotras mismas por lo que realmente somos, florecemos. Y ese florecimiento rompe el estigma del “machismo” y abre espacio para que el hombre, desde su propia y hermosa naturaleza, también pueda florecer junto a nosotras.
Camila Restrepo
Las palabras perfectas y exactas para describir lo que nos está pasando ahora: Nos estamos preocupando y nos están “obligando” tanto a probar que somos iguales a los hombres en el trabajo, en el hogar, que estamos perdiendo lo que nos hace únicas.
Gracias negrita 🫶🏽
Sandra
Como siempre muy acertado este cafecito. Gracias por recordarnos que no se trata de medir fuerzas sino de igualar energías y armonizar🙌🏼✨
CLAUDIA EUGENIA GUTIERREZ MUÑOZ
Hermoso mensaje. Reflexivo.
Volver sin desaparecer.
Equilibrio, armonía, plenitud.