El Poder

El Poder

Tercera semana del Cafecito

Era un martes por la mañana. El café estaba frío. Ni siquiera se calentó con el calor de los gritos. La puerta se cerró tan duro que los vecinos se asomaron. Sacaron la cabeza por la ventana, miraron rápido hacia un lado, luego hacia el otro, y volvieron a entrar. No valía la pena. En esa época, lo que hoy se denuncia, antes se normalizaba. El miedo le ganaba al dolor. A este último tocaba meterse debajo de las cobijas o, peor aún, empolvado, debajo del colchón. Al café lo enfriaba la intolerancia, el dominio, la fuerza, el poder. ¿Poder? ¿Cómo pegarle a una mujer puede hacer sentir a un hombre poderoso? Esa era la pregunta del millón. El café, ya helado, terminó derramándose. Manchó el piso, la mesa, los zapatos. Como si incluso este supiera que ahí ya no había lugar para quedarse. ¿Pero cómo irse? ¿cómo salir a la calle con los zapatos manchados si siguen dejando huella donde quiera que pisen?

La falta de poder ya retumba en su cabeza. Se cuela en su trabajo, en sus gustos y hasta en el calendario. Se intensifica en su toma de decisiones, como si no fuera ella la dueña de su vida. Hasta lo heredan sus hijos, con cierta dosis de rebeldía. El café salpica en las suelas de zapatos ajenos que no conocen su historia, pero que terminan manchados, porque es más fácil eso, que darse su lugar. Se ha intentado de todo, pero la mancha no logra salir. No se ha ido ni con todo el odio, ni siquiera con el olvido. Pero si tan solo tratara con amor. No para él, sino hacia ella. Tal vez ahí su ropa volvería a quedar blanca.

Y hoy, medio siglo después, me pregunto: ¿qué significa el poder? ¿Qué tanto lo hemos cedido a otros? ¿Confundía ese hombre poder con pérdida de control? Tal vez cuando era chiquito le dijeron “el que manda no llora” o “si no te hacen caso, te pasan por encima”. Tal vez no sabía decir “tengo miedo a perderte” y era más fácil celar, destruir. O quizás confundía el significado del poder, como muchos, incluida yo, que poco me queda de esa generación.

Como seres humanos no toleramos bien sentirnos impotentes. No saber qué hacer, no tener opción. Por eso empezamos a buscar algo que nos haga sentir poderosos. Lo disfrazamos de plata. Otras veces de control. Otras, de reconocimiento, de autoridad, de tener la última palabra. Pero es solo eso, un disfraz, externo. Por dentro, ese poder se derrama de la misma manera en que lo hizo el café frío. Porque el verdadero poder nunca va a existir en lo de afuera. Ni en tener la última palabra, ni en sentir que nadie te domina, ni en tener plata.

El poder que libera se logra cuando se entiende que elegir(se) es el mayor superpoder. Que los poderosos son aquellos libres de decidir, de sentir, de vivir la vida que sueñan en su cama, aunque tengan el miedo metido debajo del colchón. Y también lo son los que permiten ser. Los que celebran los sueños de otros, los que hacen equipo. 

El mayor poder es el de decidir; y ese, ni siquiera un café frío lo puede manchar.

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