¿Cómo se supera eso? ¿Cómo puede cambiar la vida en un segundo? ¿Cómo se logra entender tanta crudeza? Son las notificaciones que recibo en mi celular, mientras me servía un café, un día que se sentía como un domingo cualquiera. Para ella, no lo era. Nunca estamos preparados para recibir noticias que cambian la vida, mucho menos para presenciarlas. ¿Por qué la vida de algunos parece terminar antes de tiempo? La muerte es inevitable para todos, pero si llega anticipada no se siente como parte del ciclo natural del universo; en primera instancia, se siente como una injusticia divina.
Pero para lo inexplicable, a la humanidad se nos ha regalado una herramienta que todos usamos de diferente manera y a la que le hemos otorgado nombres distintos, una que nos ayuda a darle sentido a lo que nuestra mente racional no logra entender. La fe explica lo inexplicable, sin importar el padre de esa fe. Si algo comparten las religiones del universo, es una sabiduría universal acerca de la muerte. Me atrevería a decir que para ninguna existe una “muerte temprana”. Lo que para la mente humana es injusto, para lo divino es exacto. El alma regresa a la fuente antes de lo que quisiéramos, pero no antes de lo que debía. Los planes de Dios, los planes de esa energía superior, los planes del universo—aunque no los entendamos— son perfectos.
Al final, todos sabemos que ninguno escapará de la muerte: unos más rápido, otros más tarde. Y paradójicamente, esto mismo es lo que nos empuja a vivir. Porque más allá del cuerpo, morimos muchas veces. Morimos en una separación, cuando tenemos un hijo, cuando cambiamos de trabajo, o de ciudad. Pero cada pequeña muerte trae un renacer. Cuando renacemos no volvemos a ser lo que éramos, soltamos una versión para dar paso a otra, así esa otra no exista en el plano físico.
Tal vez la muerte no llega cuando termina la vida, sino cuando se cumple el propósito. Hay almas que vienen por años y otras solo por un instante, pero dejan el mismo eco. A veces no entendemos por qué alguien se va tan pronto, y quizás no se trata de entender, sino de aprender a mirar la eternidad dentro de lo efímero. Cuando alguien muere, algo en nosotros también se apaga: lo que sentíamos cierto, nuestra rutina, un pedazo del corazón. Pero también algo despierta: la conciencia de que todo lo que amamos es un préstamo, un regalo que no se posee.
Morir o perder nos enseña el arte más difícil de todos: amar el instante. Nos recuerda que la vida no se mide en tiempo, sino en presencia. Y que la única forma de honrar a los que se fueron no es temiendo su ausencia, sino honrando su vida.
La muerte es la maestra que nos enseña a vivir despiertos y la fe nos abraza para atravesar lo inimaginable.

