La Mente

La Mente

Semana cinco del Cafecito

Un miércoles cualquiera desperté con la mente entre mis manos. Latía. Parecía un corazón. ¿Será que también siente? Veía cómo se escurría entre mis dedos. No la podía contener. Sin querer, entre el dedo índice y el medio se escapaban mis decisiones. Los miedos se escondían entre mis uñas pintadas. Las dudas eran absorbidas por los poros de la piel. ¿Si es mía? La miro. Miro la taza de café. ¿Me lo tomo? ¿Qué me va a hacer sentir? ¿Ansiosa? ¿Enérgica? ¿Cómo me tomo el café sin que se me escape la mente? No tengo tiempo para hacer tantas preguntas, menos para responder. Tomo la decisión rápida, como supuestamente el otro 80% de decisiones que elegimos. ¡Uy, mente! Te me escapaste. Otra vez.

Se sabe tanto y a la vez tan poco de la parte del cuerpo que consume 20% de nuestra energía, aunque estemos acostados en la cama de un hotel. Con razón, cuando nos volvemos mamás, nos sentimos trasnochadas, aun sin el trasnocho. Nadie nos hizo la introducción al trabajo mental extra de la maternidad. ¿Ya comió? ¿Ya durmió? ¿Quiso el banano pelado o sin pelar? ¿Se fue con la camisa de la pijama? Chat GPT, por lo menos ayúdame a contestar a sus mil “¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?”. Ya no tenemos vacaciones; ese es un lujo de la soltería. Como también lo es usar la mente a nuestro favor. 

Después de buscarla durante todo el día, por fin la encontré. Decidí tomarla con fuerza y seguridad. La miré de frente, con contundencia, y como buena mamá le pregunté: “¿Y tú, crees que te mandas sola?”. La separé, a ver si por partes la entendía mejor. Un pedazo en mi mano derecha, el otro en la izquierda.

La de la izquierda parecía más grande, más entrenada, más rápida, más emocional. ¿Será porque soy zurda? Era mi voz automática. La que reconoce el peligro, aunque no lo haya. La que responde en milisegundos. La que me quiere proteger, aunque me toque regalarle mis sueños. El lado derecho estaba pequeñito. Olvidado. Mi parte consciente, la que dice “respira”, la que toma decisiones complejas, regula impulsos y evalúa consecuencias. Parecía como un ex novio sin atención. Con la mente dividida en dos entendí que ninguna era buena o mala. Solo que una estaba diseñada para sobrevivir y la otra para elegir. Y yo usaba más un lado que el otro. Quizás a las cebras les funcione muy bien tener la primera activada para que no la devore el león. Yo puedo estar rayada. Pero no soy ningúna zebra.

Me pregunto: ¿a cuál lado le quiero entregar el micrófono? ¿A la automática, que aprendió chiquita que necesitaba aprobación, la que ve amenazas invisibles? ¿O a la consciente, que pregunta: “¿Y si no todo es verdad?” Empiezo entonces a juntar nuevamente todas las partes, dándole su lugar a cada una, para que no interfieran en asuntos ajenos. Después de un extenso trabajo de darle a cada región sus tareas y tamaños adecuados me la pongo otra vez en la cabeza y decido:

Hoy no quiero tomar café. 

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