El Hacer
Muchas veces llegan preguntas aleatorias a mi mente que no sé responder. Esa mañana me preguntaba por qué el café es una de las bebidas más consumidas del mundo. ¿Es el sabor? ¿Es el ritual? ¿O será más bien el deseo colectivo de hacer y hacer? Sin pausas, sin descansos, como si todos estuviéramos en una carrera tratando de obtener algo que anhelamos mucho, pero se nos hace muy difícil.
Vemos el café como nuestro aliado para darnos ese golpe de energía que nuestra alma ha perdido, ese fuego que el frío de nuestro cuerpo ha apagado, el acelere que necesitamos para un mundo donde hacer está asociado con el éxito, con el reconocimiento y con el valor que tenemos sobre nosotros mismos. ¿Cuántas veces de verdad nos tomamos un cafecito para el alma y cuántas lo hacemos para cumplir lo que debemos hacer en el día?
Leo mucho que primero debemos ser para después hacer. Entiendo e interiorizo la certeza de la frase. Pero ¿cómo se logra ser? Porque creo que, para poder ser, sí toca hacer mucho trabajo primero. Un viaje hacia adentro, no hacia afuera. Obligarse a trabajar en conocerse, amarse, aceptarse. Entender talentos, dones, caparazones que uno lleva, pero que por ego o condicionamientos no alcanza a ver.
Pero mirarse de frente tiene un costo que el hacer de afuera no tiene: el de no poder esconderse, el de primero sentirse perdido, el de desnudarse el alma. Por eso es mucho más fácil llenar el día de pendientes que sentarse cinco minutos con uno mismo y aguantar lo que sale.
Cuando hacemos el trabajo de primero entrar en nuestro interior, salimos al exterior a hacer diferente. Nos damos cuenta que el problema nunca fue querer hacer, sino la manera en cómo lo estábamos haciendo. Las tareas y las responsabilidades para alcanzar los sueños o seguir la vida no desaparecen. Lo que cambia es desde dónde se hace, y esa diferencia es todo. Hay una distancia enorme entre hacer desde el miedo al fracaso, a no ser suficiente, a lo que van a pensar, y hacer desde la claridad de saber quién es uno. El primero agota, el segundo sostiene.
El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi pasó décadas estudiando qué hace que las personas se sientan vivas en lo que hacen, y lo que encontró no fue el logro, sino el estado: ese momento en que uno está tan presente, tan alineado con lo que está haciendo, que el tiempo desaparece y no existe la ansiedad. Ese estado no lo produce tener más cosas que hacer. Lo produce saber por qué las estás haciendo y, más profundo aún, saber quién es el que las hace.
Entonces me pregunto si el café de cada mañana es un ritual o una huida muy bien disfrazada de ritual. Si lo tomamos para prepararnos o para no tener que prepararnos. Y si algún día nos atreveremos a tomarlo despacio, no para arrancar el día, sino para preguntarnos honestamente cómo llegamos a él.
Definitivamente si uno va tomar café, que sea despacito.





