El Ego - Pa´l Cafecito de la Mañana
Hace un par de semanas llegué a Perú con una maleta llena de ropa cómoda y algo vieja, un cuaderno, mi Kindle y una intención demasiado clara: volver a mí. En la casa había de todo, menos café. Por lo menos, eso me convenía, porque llevaba dos semanas anhelándolo por mi exceso de sueño, a pesar de saber que me acelera el corazón, me pone ansiosa, inquieta y me llena de un ruido que no me deja ni escribir.
Llegué con muchas expectativas, además del ego, que también cupo en mi maleta. Él hizo todo lo que le ordené. Habló con la gente. Cerró los ojos en las meditaciones. Respiró súper profundo. Se sentía bien cuando le daban algo de razón. Tomó té de hierbas. Caminó descalzo y escuchó todas las canciones. Tanto él como yo estábamos muy comprometidos con el proceso. Tan comprometido estaba mi ego que quiso estar en todo, a pesar de que en algunas ocasiones yo no lo invitara.
Apareció cuando quería encontrarle una explicación a todo. Cuando trataba de controlar en mi mente los resultados de cada proceso. Cuando le pedía mensajes a la vida, claros y contundentes. Certezas que me pudiera llevar a casa como prueba de lo que debía hacer. Cuando estaba en mi mente, en vez de en mi corazón. Y sí que apareció cuando volví a casa, pensando que iba a llegar inmediatamente más liviana, más clara, con una versión completamente nueva de mí misma.
Ese mismo ego también desapareció mil veces cuando me permití ser alma. Cuando estuve presente. Ser alma nos abre los ojos y pone en nuestro radar lo que por mucho tiempo ha sido invisible ante nuestros ojos. ¿Debemos disolver nuestro ego para ver nuestra alma? ¿Pueden coexistir el ego y el alma?
Definámoslo primero. ¿Es el peor enemigo o tal vez el mejor amigo? Siempre nos han dicho que está en contra de nosotros, pero estoy segura de que él se cree nuestro amigo cactus. Trata de protegernos, de evitar hacernos volver a sentir rechazo, insuficiencia, abandono o quién sabe qué otras emociones que tomamos cuando éramos niños. Esas que nos convirtieron en perfeccionistas o controladores. En celosos o posesivos. En manipuladores o complacientes.
El problema es que, aunque el ego nos quiera, no quiere la verdad: quiere seguridad. Y, sin duda, prefiere la razón a la paz mental.
Creo que el trabajo está en dejar de confundirnos con él. Es una parte humana, necesaria, construida para vivir en este mundo. Nos ayuda a tener identidad, límites, criterio, dirección y personalidad. Y también nos ayuda a entender por qué actuamos como lo hacemos.
El problema no es tener ego. El problema es cuando el ego se convierte en el único idioma desde donde vivimos. O cuando, por culpa del ego, no logramos ver nuestra alma, nuestra verdad, lo único que nos hace volver a nosotros mismos.
Y bueno, me doy cuenta que es imposible matar al ego, entonces optaré por domarlo con mi alma. Usaré el amor cuando él sienta miedo. Sentiré cuando él solo se enfoque en hacer. Pararé cuando él solo se enfoque en reaccionar. Le preguntaré qué me quiere enseñar cuando sienta que alguna situación domina mi energía.
Con el ego controlo, con el alma confío.





