El Desconectarse

El Desconectarse

El Desconectarse

Cuando entro a la casita mágica, no huele a café de máquina espresso. Me invade un olor a incienso, palo santo, leña y tranquilidad. A pasto mojado, té de hierbas con flores, eucalipto y hermandad. Al sudor de personas que han trabajado en sus dragones, convirtiéndolos en sus aliados, en poder. Esas mismas personas a las que algunos llaman hippies, otros locos, pero para mí tienen, más bien, cara de valientes.

La casita mágica será mi hogar por los próximos siete días. Tomé la decisión de desconectarme de mi rutina, de mis pensamientos, de mi esposo, de mi hijo y de mis obligaciones. ¿Es egoísmo? ¿Locura? ¿Qué nos lleva a querer desconectarnos? Paradójicamente, una inmensa sensación de vacío. Una misma desconexión. Un sistema nervioso elevado que se electrocuta con cualquier traguito de café. Un martilleo en la cabeza que nos grita: “Hay algo que no va bien”, “estás viviendo en la frecuencia equivocada”, “ey, ¿a dónde te has ido?”.

Cuando comprendemos que ese martilleo, si uno no lo oye, termina quebrando el cerebro, el corazón y el alma en pedacitos diminutos. Y además, como si no fuera suficiente, martilla la paz de quien tienes a tu lado, irte a desconectar no es, entonces, un acto de egoísmo. Es amor en su máxima expresión. Porque cuando uno hace el trabajo para recuperar el amor hacia uno mismo, logra construir un juego de dominó. Donde una ficha cae y después todas caerán sucesivamente, impregnando cada pieza de esa misma energía.

En la casita mágica hay seis hombres, una mujer, un gato y un perro. Hay huerta, mucho mate, guitarras, ponchos, fogatas, temazcal, rituales y herramientas ancestrales. Hay tiempo, hay espacio y se les dice Apus a las montañas. Pero principalmente hay presencia, porque sin esta nunca se daría la magia. Se necesita presencia para entender que desconectarnos es la única manera real de conectar.

¿A qué estamos conectados en nuestra rutina actual? ¿Qué nos domina? ¿Qué absorbe nuestra energía? Tal vez aspectos muy externos. Nos conecta el reconocimiento. Nos conecta la validación. Nos conecta un like, un puesto de trabajo, cumplir un perfil planteado por un sistema donde no se vale parar, donde no hay breaks para sentir. Entonces claro que estamos conectados, pero a lo de afuera, a aspectos externos que, al final del día, en el silencio de nuestra almohada, nos dejan con un vacío en el estómago, un nudo en la garganta, y no entendemos cómo nos sentimos tan desconectados en un milenio donde parece ser tan fácil conectar.

La casita mágica, en tan solo dos días, me ha entregado regalos. Como empezar a limpiar las telarañas que habitan mi vida. Desde el celular hasta las creencias limitantes. Las opiniones, mi deber ser, mis roles aprendidos, mis miedos ocultos. Mientras voy limpiando mi casita interna, la voy llenando de conexiones sutiles pero poderosas. Como la música, el baile, el canto, la cocina, las conversaciones profundas, la respiración, el silencio, la naturaleza. Permitiéndome salir de un sistema que a veces se siente podrido e incomprensible.

Desconectarse es dejar de estar en la mente y trasladarse al corazón. Es, en vez de pensar, sentir. Qué difícil se puede hacer, pero qué placer, al menos, encontrar un lugar seguro para hacerlo.

Cuando uno necesita desconectarse, es cuando más necesita conectar. Y aunque no todos los días se pueda venir a la casita mágica, esa energía siempre se va a poder encontrar en el silencio del corazón.

La desconexión crea conexión.

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