La Maternidad

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La Maternidad - Pa´l Cafecito de la Mañana

La matrescencia. ¿La qué? Leo en el encabezado de una revista dirigida a mujeres mientras me tomo el café de la mañana. Nunca había leído este término. Hay muchas palabras que uno nunca oye antes de ser madre. O bueno, las oye, pero no entiende su completa magnitud o más bien no les da importancia. Como lactancia exclusiva, regresión del sueño, percentil o apego seguro. La maternidad no solo cambia el diccionario, también el calendario: ya contamos las semanas, no los meses, y se cambia la ropa por trimestre. Nos cambia tanto que muchas olvidamos lo que éramos antes de serlo.

Volviendo a la revista, aprendo que la matrescencia es el proceso de transformación que vive una mujer cuando se convierte en madre. Es como la “adolescencia” de la maternidad: no porque sea inmadurez, sino porque hay un cambio enorme de identidad, cuerpo, mente, emociones, prioridades, relaciones y forma de verse a una misma. Por eso, seguramente, nos hacemos muchas preguntas después de nuestro primer bebé: ¿Quién soy yo ahora que soy mamá? ¿Dónde quedó la mujer que era antes? ¿Cómo conviven mi yo anterior y esta nueva versión?

Cierro la revista e interiorizo. Pienso en la noche en que nos juntamos cinco amigas a tomar en lugar de café, tequilita. Lo necesitábamos tanto. Cada una con su versión de matrescencia encima. La que trabaja de 8 a 6. La que decidió dejar el trabajo. La que es mamá soltera. La que quiso tres hijos y vive realizada. La que no ha podido recuperar la relación con su esposo. La que trata de controlar su vida y el destino se le ríe. La que sufrió un aborto.

Como un buen grupo de mujeres, no paramos de hablar. De cómo nadie te avisa que la piel del abdomen puede no volverse a pegar. Del vacío que uno siente cuando se monta en un avión sin ellos. De cómo es de difícil el sexo después del parto. De cómo, aunque pasen varios años, uno puede seguir sintiéndose perdida. De cómo las hormonas siguen jugando con uno, como si uno fuera una pelota de tenis a la que pudieran pegarle cuando se les diera la gana. De cómo a veces extrañamos la mujer libre que éramos. Pero, sobre todo, de cómo no podríamos imaginar nuestra vida sin nuestros hijos. Porque es algo que solo se siente cuando se vive. Que solo se entiende cuando se siente. Se multiplica y se expande con los años. Es una amor tan grande, que duele. Y si, nos pone a dudar de quiénes somos, pero también de quiénes queremos ser para dar siempre lo mejor. 

La mejor mamá no la hace la que no trabaja. Tampoco la que trabaja. La mejor mamá no es solo la que usa crianza respetuosa o alimentación sana. Tampoco la que le de helado. No es la que tiene rutinas de sueño. Tampoco la que lo deja dormir a las 10pm. Acá no hay verdades absolutas. Esto son solo maneras de ser. Si hay una categoría de mejor mamá es la mamá humana. La que se equivoca y repara. La que elige desde su verdad. La que se agota. La que ama sin medida. La que tiene flores a pesar de sus espinas.  

Por otro lado, una buena mujer es la que no juzga la maternidad ajena. Porque jamás entenderá que es caminar en los zapatos de otros. Vivir con sus miedos, apegos, sueños, placeres o vidas. La maternidad es tan personal que por eso cuando uno tiene dudas, las respuestas solo se encuentran cuando uno escucha el corazón. 

Si convertirnos en madres nos transforma, tal vez la tarea no es volver a ser las mismas. La tarea es dejar de exigirnos eso. 

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