La Incomodidad

La Incomodidad

Ese día me pongo el arnés, tomo la barra, la tabla y me voy al agua. Estos son los implementos que se necesitan para hacer kitesurf, el deporte con cometas y tablas en el agua que se ve como si las personas estuvieran levitando. El mismo que desde la playa se ve fácil, cómodo, tranquilo. Pero que en realidad toca tomarse un café cargado para aguantar la primera clase. Lejos está uno de saber por lo que pasa toda esa gente para por lo menos lograr ir y venir. Yo fui una de las que decidió tragar agua. ¿Pero cómo no querer aprender un deporte donde el esposo se ve como un alma libre, donde sale renovado, en el cual se aprecian la naturaleza, el mar y la voz interior?

Aprender a hacer kitesurf no deja de ser incómodo después de la primera semana. Ni de la segunda. Ni de la tercera. Es un deporte que te regala humildad, resiliencia, en el que no te puedes saltar el proceso y pierdes un poquito de tu dignidad cada vez que te toca caminar una playa entera como un perro regañado. Pero llega un día, sin que uno sepa bien qué fue lo que hizo diferente, en que todo hace click. Y lo que era incomodidad se vuelve meditación.

Me pregunto: ¿por qué nos cuesta tanto incomodarnos, si es lo que después nos da las mayores satisfacciones? Y es que si uno se pone a ver, nada de lo que genera placer a largo plazo se logra sin sentirse incómodo en algún momento del camino. A la del gimnasio, le toca sentirse incómoda cada vez que va a entrenar llena de disciplina, sin motivación. A la que tiene hijos, se siente incomodad en el embarazo, en el parto, en los aprendizajes de los nuevos comienzos. Y la mayoría de la humanidad siente incomodidad en las conversaciones incómodas.

Me doy cuenta que si le quitamos el ingrediente de la incomodidad a la receta de la vida, eliminamos por completo el bienestar duradero. Pasa una cosa muy curiosa y es que nos enfocamos solamente en lo que nos genera placer a corto plazo. Preferimos conectarnos a Instagram, que entender nuestras emociones. Preferimos una excusa, que ir al gym. Preferimos decir que a los otros les toca más fácil, que asumir la responsabilidad. Preferimos mil cosas momentáneas, que nos hacen sentir supuestamente bien, sin entender que el bien instantáneo, algunas veces saca sonrisas, pero muchas otras chupa el alma. Nos vuelve miopes primero. Un día amanecemos ciegos. 

La psicóloga Susan David, de Harvard, dice: la incomodidad es el precio de entrada a una vida con sentido. Pero en la práctica preferimos no pagarlo. Y hay una razón biológica: el cerebro está diseñado, literalmente, para ahorrar esfuerzo y buscar bienestar inmediato. Es un sistema de supervivencia que llevamos miles de años arrastrando. El problema es que la supervivencia ya no es el problema de la mayoría de nosotros. El problema, ahora, es que nos estamos quedando dormidos en una vida pequeña por intentar no sentir nada que revuelque el estómago.

La incomodidad es un regalo empacado en un paquete sucio.  Cuando se desempaca vienen los cambios, se cumplen los sueños, se trasciende. ¿Qué pasaría entonces si dejáramos de leer la incomodidad como una señal de que algo está mal? ¿Si la empezáramos a leer como la señal de que algo importante se está moviendo?

Toca recibir el regalo de la incomodidad, así el paquete se vea sucio. A mí, por lo menos, me llevó a meditar en el mar. 

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