Semana once del Cafecito:
En vez de prepararme mi cafecito con calma y reflexionar sobre lo que sentía, preferí sentarme a ver el celular, en automático, una vez más. Inconscientemente suponía que gastar mi tiempo en una pantalla de casi 7 pulgadas, con la última tecnología, creada para conectarnos, me iba a sacar del espiral sin fondo que se tragaba mi mente en los últimos días. 37 minutos después, contados por reloj, porque el celular tiene la capacidad de medir cuánto tiempo desperdiciamos en él, sin saber si es para ayudarnos o jodernos, lo cerré.
Me sentía más ansiosa, había crecido mi vacío en el estómago, y estaba como si hubiera perdido, acostada en mi cama, solo moviendo mis ojos y los dedos gordos, el propósito en mi vida. La falta de amor propio se intensificaba en mi cuerpo hasta llegar a mi hueso más pequeñito. Ahora no estaba tan convencida sobre el fin de las herramientas que supuestamente nos conectan. Su propósito es extremo, pues entre tantas conexiones, parece ser que también tiene el poder de desconectarnos.
¿Por qué somos tan propensos a la comparación? ¿Por qué pensamos que la vida ajena siempre es mejor que la nuestra? Y no, la respuesta no es Instagram. Porque la comparación tiene la misma edad que Adan y Eva. Pero sin duda, la tecnología le metió turbo. La diferencia es que antes la comparación existía con la hermana, la vecina, las amigas. Hoy existe, además de estos, con el mundo entero. Y seguramente por eso, se volvió más tendencia, más brutal, más adictiva.
Pero no se necesita de Instagram para que una mamá se compare con la soltera. Anhelando sus excesos en libertad, siestas, rumbas, tiempo, espacios y besos del primer mes. Para la soltera compararse con la casada. Porque no la dejó el tren, por su seguridad, estabilidad, alegría que traen los hijos y no importa qué, tener unos brazos que la sujeten. Para la casada que no trabaja con la ejecutiva. Añorando su libertad financiera, reconocimiento, nivel intelectual y conversaciones interesantes que logra tener ante cualquiera que le sienten en la mesa. Para la ejecutiva con la que ya tuvo hijos, simplemente porque por más que trate no ha podido.
Tal vez lo que nos falta entender es que cuando nos comparamos es simplemente un síntoma. Nos señala algo que deseamos, algo que creemos que nos falta, o algo que todavía no nos hemos dado permiso de querer. El psicólogo Leon Festinger describió esto como comparación social: “los humanos necesitamos compararnos para entendernos a nosotros mismos.” No es un defecto, es biología. Usamos a los demás como espejo para saber dónde estamos, qué queremos, qué nos falta.
Entonces, ¿dónde salimos a buscar lo que nos hace falta? No creo que sea afuera. Creo que es siendo honestos. Entendiendo que el camino de los demás no es el único camino. Que la vida tuya jamás será igual a la de otros. Que todo son momentos y etapas. Y que siempre tenemos el poder de hacer ajustes necesarios. La comparación en si no es mala. Es lo que hacemos con esta y la habilidad de desengancharnos, para así no transformarla en envidia. Parece que es como Instagram, usada con estrategia, puede aportarnos.
El truco estará entonces pensar que la comparación es un amorcito prohibido de verano. Lo reconoces, le prestas atención el rato que toca, lo dejas ir, lo dejas libre.
No te quedes viviendo con el, va a ser un desastre. ;)





