A muchos nos gusta el resultado, pero a pocos nos gusta el proceso. Es una frase que le oigo a la talentosa Ana María Villalba mientras me tomaba un café, veía La Lupa y, coincidencialmente, despegaba una espectacular misión a la luna. Artemis II había sido lanzada con éxito. Eran las 6:35 p. m. y yo necesitaba ese café para una noche de ocio.
Me pregunto: ¿cómo ha sido el proceso de la más conocida AnaListas? ¿Cómo ha sido el de cualquier persona que haya logrado sueños que tenía de niña? ¿Cómo fue el proceso de Artemis II? No es posible llegar a la luna con tan solo un golpe de suerte. A nadie lo sacan del planeta Tierra sin antes haberse preparado intensivamente en él. Ninguna nave espacial despega sin haber resuelto mil fallas previas. Nadie se duerme con un sueño y amanece con él en la palma de la mano. Veo que hay tareas que no se ven, emociones que no se sienten y caminos que solo conocen quienes los transitan para llegar a donde otros apenas lo anhelan.
Y así como es imposible llegar a la luna sin haberte preparado, también es imposible escribir un gran libro sin antes haber llenado páginas malas, tachadas, confusas e imperfectas. Es imposible tener una relación sana sin conversaciones incómodas, errores y perdonar cosas que juraste con tus amigas que jamas perdonarías. Es imposible criar un hijo con presencia y conciencia sin cansancio, renuncias, culpa y muchísima paciencia. Nadie llega a la cima el mismo día en que decidió subir. Y mucho menos llega siendo la misma persona. ¿Cómo entonces no querer vivir el proceso, si es eso lo que te convierte en el o la merecedora del sueño cumplido?
Y aunque acepto que yo también imaginaba el proceso como una escalera que va hacia arriba, con escalones claros y marcados: “paso uno, paso dos, paso tres”. Es transformador cambiar la foto mental por un rompecabezas. Porque cuando uno saca todas las piezas de la caja, las riega sobre la mesa. Todas. Sin excluir ninguna. Uno saca las de las esquinas: fáciles de poner, dan cierta paz mental y mucha claridad. Pero hay otras más pequeñas, parecidas entre sí, difíciles, que quisiéramos omitir: el error, la duda, el cansancio, la frustración, el miedo, los retrocesos. Armando el rompecabezas hay días en que uno se bloquea. Hay días en que todo fluye. No todas las piezas se sienten útiles cuando las ves por separado. Pero mientras avanzas, te vas dando cuenta de que cada una ocupa un lugar, de que todo encaja cuando se mira en retrospectiva. El rompecabezas nunca estaría completo si no fuera por cada una de sus piezas. No se puede dejar a una persona sin ojo, aunque esa pieza sea difícil de encajar.
Qué orgullo se siente haber terminado el rompecabezas, haber concluido una misión de altísima complejidad como Artemis II, ver a los hijos grandes cumpliendo sueños, lograr lo que nos propusimos. Pero, si somos sinceros por un momento, también nos damos cuenta de que ese logro es fugaz, efímero, pasajero. Nos infló el pecho, sí, pero fue el proceso el que nos llenó el alma. El que nos transformó, el que nos enseñó, el que nos impulsó a ser los humanos que somos.
Por eso, no hay afán por concluir los sueños. Hay afán, tal vez, por empezarlos, por sumergirse en el proceso, por mejorarlo, por mejorarnos. Porque solamente cuando se cumplen …
... nos damos cuenta de que el proceso siempre fue donde estuvo la magia.





