El Privilegio

El Privilegio

El Privilegio

En mi grupo de amigos, cuando cambiamos el cafecito de la mañana por el traguito de la noche, es usual sentarnos alrededor de una mesa redonda y suave, con fichas, cartas y billetes verdes en el centro. Tal vez soy una privilegiada por el simple hecho de poder apostar un par de pesos que guardo en mi cartera. ¿Quién se llevará el premio? ¿El que saque la mejor mano o el mejor actor? El Texas Hold'em tiene suerte, pero también estrategia. Y es tan impredecible como la vida misma. Ambos son juegos donde no podemos controlar todo lo que ocurre, pero sí muchas de las decisiones que tomamos con lo que nos toca. Mientras más rápido entendamos esto, más fácil se nos hará la curva de aprendizaje.

La vida, así como el póker, empieza con lo que nos dan, no con lo que elegimos. Las dos primeras cartas que nos pone el dealer sobre la mesa son las condiciones iniciales con las que debemos empezar la partida. Están las buenas y las malas manos. Están los pares de ases y están los 7-2 offsuit. En la vida están los que nacen con privilegios y los que nacen sin estos. Los que nacen con herencias, educación y en Suiza, y los que nacen en Siria, sin papás ni agua potable. Y hay otros que nacemos en algún lugarcito del medio, pues el privilegio no es absoluto y no solo hace referencia al dinero ni a las oportunidades económicas que tengamos. Por eso, hay quienes nacen con dinero, pero sin recibir amor en su infancia. Y hay quienes nacen con mucho amor, pero sin dinero. Parece que el dealer del cielo tiene la capacidad de repartir un as con un 7.

¿Quién gana entonces? ¿El que saque un par de ases? ¿Siempre pierde un offsuit? No, pero tampoco podemos fingir que todos estamos jugando con las mismas probabilidades.

Sin embargo, después de esta partida inicial, las reglas son las mismas para todos. Todos tomamos decisiones con consecuencias. Todos podemos aprender, adaptarnos y cambiar. Todos podemos equivocarnos o acertar. Nadie queda definido únicamente por las condiciones con las que nació. Y nadie juega con solo dos cartas. Somos nosotros los que empezamos a moldear cómo se va viendo nuestra vida, sin importar cómo la hayamos empezado.

Después de esas dos primeras cartas vienen el flop, el turn y el river. Si no sabe de Poker, son las cartas que se destapan en el centro de la mesa y que son las mismas para todos. Son las oportunidades, las crisis, los encuentros y las casualidades que la vida va poniendo en el camino. Un 7-2 puede convertirse en el juego ganador, y un par de ases puede quedarse en nada si quien lo tiene se confía. Ahí empieza el juego de verdad: saber cuándo apostar, cuándo retirarse a tiempo, cuándo arriesgarse con una mano mediocre y cuándo tener la paciencia de esperar la siguiente. En el póker, como en la vida, no siempre gana el que tiene las mejores cartas, sino el que mejor lee la mesa y menos se engaña a sí mismo. 

Por eso creo que hablar de privilegio no se trata de sentir culpa ni de buscar excusas, sino de ser honestos con lo que tenemos. El que recibió un par de ases no debería mirar por encima del hombro al que no. Y el que empezó con una mano difícil no tiene por qué botarla antes de tratar. La política debería tratar de equilibrar las dos primeras cartas del juego, que, aunque sean distintas para todos, por lo menos sean equitativas.

Pero, como eso esta lejos de pasar, por la codicia e individualismo del ser humano, cada vez que me siento en esa mesa con mis amigos, ya sea acumulando fichas o perdiéndolas en el centro, me acuerdo de que mi verdadero privilegio no es solo la mano que me tocó, sino poder sentarme a jugarla.

El verdadero privilegio no es como nacimos, sino tener la fortuna de vivir.

Lo que hagamos con esto, eso sí, ya es cosa nuestra.

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