El Machismo

El Machismo

El Machismo

En pleno 2026, muchos han dejado el café molido, de agua hervida y sabor aromático, por cápsulas, lattes y syrups. Pero no ha cambiado la necesidad de mi esposo de que le prepare el café. Lo sigue esperando a las 7 a. m., en la cama y caliente. ¿Es costumbre, es una manera en la que él recibe amor, es machismo?

No todo rol es opresión, no toda mujer que cuide de su hogar es sumisa, no todo hombre que provea controla, no toda mujer que cuide a los hijos deja de volar. Pero ¿por qué nos mueve tantas fibras esta palabra? ¿Por qué entra como un martillazo al corazón? Tal vez, aunque la historia pase, el cuerpo hereda y además no olvida.

Antes de entrar a hablar de aciertos y desaciertos, definamos la palabra. El machismo es esa idea de que ser hombre es sinónimo de dominio, fuerza, control y poca vulnerabilidad. Y a la mujer le queda ser madre, obediente, decente y de pocos hombres.

El patriarcado de antes, parece lejano, pero es cercano. Lo sé porque alcancé a comerme las galletas que preparaba mi bisabuela, la misma que lo sufrió. Traía leyes que restringían el estudio, el patrimonio, el voto de la mujer. El feminismo de antes nace para pelear contra leyes poco coherentes. Las bisabuelas usaron su voz para liberarse de la ley.

Llegan las abuelas. Más libres de leyes, pero la cultura camina más lento que la ley. Pueden estudiar, pueden votar, pero hay altas expectativas de comportamiento. No me imagino una abuela sin cocinar, sin clases de costura, con un esposo sentimental o separándose de un marido infiel. Las abuelas usaron su voz para liberarse de la expectativa de toda una sociedad.

Llegan las mamás. Más libres ante la sociedad, pero el núcleo familiar camina más lento que la sociedad. En teoría, se pueden divorciar, pueden trabajar y salir cuando quieran de su hogar. Pero muchas siguen aceptando infidelidades de esposos celosos, aguantando gritos por culpa de borracheras y asumiendo la carga del hogar en su completa totalidad. Las mamás usaron su voz para liberarse de un rol que las hacia sentir asfixiadas en el hogar.

Llegamos nosotras. Libres de elegir, incluso si queremos pasar la vida al lado de un hombre, de una mujer, ser mamás solteras o no serlo nunca. Pero la identidad camina más lento que la estructura familiar. Ahora podemos ser pilotas, bomberas, lesbianas y mamás solteras. Ahora los hombres parece que lloran, cambian pañales; les falta dar teta.

Ahora que pensamos hemos ganado tanto terreno, hemos perdimos el sentido de aquello por lo que estábamos peleando. Olvidamos que lo que queríamos era poder elegir el rol, no tener que asumirlos todos. Que lo que anhelábamos era poder opinar, no convertirnos en el otro. Que queríamos sentirnos libres, no culpables.

Parece que nos va a tocar usar nuestra voz para liberarnos de nosotras mismas. De esa voz interna que nos llena de culpa, la que nos hace dudar del valor de maternar, de respetar nuestros ciclos, nuestros descansos y nuestra esencia. Hoy somos nosotras las únicas que podemos seguir rompiendo creencias que llevamos impregnadas en las células, porque hoy tenemos el poder y el privilegio de elegir. Y a pesar de que queden secuelas escondidas en la sociedad, entre chistes machistas de mal gusto, pensamientos y acciones que parecen del siglo pasado, hoy elegimos que ser.

¿Qué roles quieres asumir? ¿Cuáles te llenan? ¿Quién lleva las finanzas, quién cocina, quién sirve el café? ¿Siempre el hombre? ¿Siempre la mujer? ¿O quien lo elija?

Yo, por ahora, elijo ir a servirle a mi esposo el café.

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