El Dolor

El Dolor

El 7 de junio, alrededor de las 5:00 p. m., al país cafetero se le amargó el café. Colombia, tierra que, contra todo pronóstico, ha logrado cambiar su imagen de polvo blanco al ritmo del reggaetón, volvió a sentir dolor. Un dolor conocido por el mundo entero: desde colombianos hasta ucranianos, rusos, israelíes, palestinos —por hacerle honor a lo más mediático—. Presenciado por otros, tal vez solo a través de series o de la pantalla del celular. Es un dolor colectivo, el que nos atraviesa como humanidad, el que ocurre a gran escala y, aunque suceda lejos, nos deja sin aliento para tomarnos el último trago que nos quedaba de café.

Tal vez los dolores más fuertes son los que vienen manchados con la tinta negra de la injusticia, de lo imposible de entender: la muerte de líderes, de hijos, de menores, madres y padres jóvenes, de aquellas historias que no llegaron a poder ser. El dolor no conoce de pasaportes, religiones ni bandos. Se siente lejos, ajeno, y lo solemos juzgar a distancia… hasta que nos toca de cerca, hasta que nos sacude el alma. Un sentimiento que nos iguala como humanos, pues, al fin de cuentas, lo somos todos, sin excepción. Lo cual me hace cuestionar: ¿es el dolor no sanado de cada individuo lo que hace que el dolor colectivo del mundo sea un ciclo sin fin?

Hablando de individuo, hablemos entonces del dolor individual. El que omiten las noticias, pues no llega a los titulares, pero habita nuestros cuerpos. Ese dolor que sentimos cuando la vida cambia sin avisarnos, cuando la salud prende alarmas, cuando nos sentimos perdidos de nuestra esencia, cuando nuestra relación de pareja parece la de primos lejanos, cuando perdemos a personas amadas. Son estos los que nos hacen llorar por dentro, mientras llevamos una sonrisa en la cara. Sin duda, ese dolor termina saliendo de una u otra manera: reactividad, ansiedad o gritarle al que se queda quieto dos segundos cuando el semáforo cambia a verde. ¿Qué hacer con el dolor propio para no convertirlo en odio? ¿Cómo usar esa fuerza para el cambio, para trascender?

Los expertos tal vez dirán que una herramienta poderosa para transformar el dolor es sentirlo, no tapar el sol con un dedo, reconocer lo que duele. De nada sirve seguir sonriendo si por dentro tenemos el corazón en pedacitos.

Podría decir que el odio colectivo nace de un dolor individual, pero cuando se siente, decidimos dirigirlo hacia un “otro” colectivo, en vez de reconocerlo como personal. Se nos olvida, entonces, que la manera de cambiar el mundo se parece muchísimo a la manera de cambiar nuestro hogar. No podemos esperar que el esposo cambie si nosotros, tercamente, actuamos igual. No podemos amar con dolor disfrazado de odio. El odio destruye un hogar; pudre una sociedad.

Entonces, ¿será que el verdadero acto revolucionario es usar el dolor para el cambio en vez del odio? ¿Tanto de manera individual como colectiva? No con el fin de opacarlo, sino para que no se enquiste, no se pudra, no se herede. Porque si no sanamos el dolor, lo replicamos. El ciclo seguirá, de manera infinita. Tal vez, algún día, logremos convertir heridas abiertas en un canal para el cambio: personal, colectivo, humano.

El dolor con amor es natural; el dolor con odio es visceral.

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