Semana diez del Cafecito
El país cafetero está cerca de unas elecciones presidenciales. De esas que, para bien o para mal, marcarán el clima político, económico y social de los próximos cuatro años. Y, sin importar cuál sea la afinidad con los candidatos, el deseo de que uno o el otro gane, las expectativas, o qué tanto crea uno entender del tema, nadie tiene el control sobre el resultado. O bueno, al menos eso espero.
Lo que sí se tiene es la posibilidad de influir: votar, participar, conversar, informarnos, incomodarnos, involucrarnos. Meterle energía al proceso y entregarse a los números, mirándolos subir con los pelitos erizados el próximo domingo 31 de mayo. Pero eso lo entienden pocos. Si pierden, muchos lloran, incluso sin haber votado.
¿Por qué solemos querer controlar aquello que no está en nuestras manos y, al mismo tiempo, dejamos al azar en lo que sí podemos influir?
Queremos asegurarnos de que eso que anhelamos sí pase. Que esa conversación salga bien. Que el hijo esté feliz. Que la relación sea hasta que la muerte nos separe. Que la plata alcance para el viaje. Pero se nos olvida que la vida desordena, interrumpe, cambia las reglas, quita cosas, trae otras y casi nunca pide permiso. Por eso, no podemos hacer mucho más que poner de nuestra parte. Tener la conversación con la mejor actitud posible. Estar presentes para el hijo. Amar y respetar a la pareja. Y trabajar con pasión. Pero, cuando nos damos cuenta de esta realidad, nuestro corazón se nubla de miedo.
Miedo a que no se cumplan nuestros sueños. Miedo a no saber qué hacer si la vida cambia. Miedo a empezar de nuevo. Miedo a perder. Miedo a fracasar. Miedo, incluso, a descubrir que hicimos todo bien y aun así no era nuestro camino. Y como poco sabemos actuar con miedo, lo vamos disfrazando. Lo convertimos en supervisión, en rigidez, en perfeccionismo, en necesidad de respuesta inmediata. En anticiparnos. En sobrepensar cada acción. En querer hablar hoy lo que toca el viernes. En desgastarnos tratando de dominar el final, cuando apenas nos corresponde cuidar la manera en que atravesamos el proceso.
Y ese disfraz se ve muchas veces hasta bonito. Se viste de responsabilidad. De eficiencia. De madurez. De “yo solo quiero que salga bien”. De “si no lo hago yo, nadie lo hace”. Y uno hasta se admira por ser así. Pero por dentro está agotado, a la defensiva, siempre con su taza llena. Y tal vez por eso el que controla mucho se agota tanto. Porque pone toda su energía en lo único que no puede garantizar, en vez de usarla en lo único que sí puede sostener.
Entonces, vivir no es controlar el desenlace. Es participar con intención y soportar con dignidad lo que no depende de uno.
Si eres Colombiano, sal a votar :)





