Los Roles
¿Cuántas mujeres puedo ser en el mismo día? ¿Cuántas mudas de ropa debo tener para mis múltiples roles? Son las preguntas que me vienen a la cabeza, en pinta de ejercicio, mientras me tomo mi chocolate oscuro, caliente, en agua y sin azúcar, pues hace un rato dejé el café.
Seguir en ropa de ejercicio después de las 10 de la mañana me hace sentir mamá, ocupada, que trabaja en casa, la que todo lo puede, aunque ni un segundo de tiempo tiene. Paradójicamente, hace algunos años, cuando poco sabía de maternidad, de no juzgar, ni de Cafecitos, las mujeres que estaban a las 10 a. m. en ropa de ejercicio caminando por las calles, me parecían bendecidas, afortunadas y sin mucho que hacer. Su rol era, tal vez, hacer sonreír a otro. O quizás no tenían ningún rol, pudiendo adoptar la rutina que quisieran.
Pero, ¿eso sí pasa? Todos adoptamos roles. Nos vamos convirtiendo en la mamá, la esposa, la hija, la exitosa, la espiritual, la fuerte, la buena, la que salva, la que emprende.
¿Dónde termina el personaje y dónde empieza la persona?
No entiendo, la verdad, a qué edad empezamos a aceptar roles sin ni siquiera preguntarnos a nosotras mismas si los queremos o de qué manera los queremos adoptar. Vemos los roles como parte de nuestra piel, cuando en realidad pueden ser una camiseta. Cambiarla, lavarla, secarla, romperla, coserla, quitarle las mangas, decorarla y transformarla como se nos venga en gana.
Si lo vemos así, nos damos cuenta que, en realidad, el rol en sí no es malo ni bueno. El problema es confundirnos con ellos, creyendo que, si asumimos cierto rol, este viene con una lista de características que no podemos romper. Terminamos convirtiéndolo en una sentencia que no podemos soltar o que tenemos que ejercer incluso cuando duele, o cuando sentimos que nos exige traicionarnos para sostenerlo. Nos vamos sumergiendo en roles como si fueran, no camisetas, sino camisas de fuerza, según lo aprendido, lo conocido y lo aceptado.
Poco a poco, me voy dando cuenta de que no hay que asumir el rol de la mamá perfecta si eso nos está robando el derecho a equivocarnos, cansarnos, frustrarnos o necesitar espacio. No hay que asumir el rol de la espiritual si eso nos obliga a negar nuestra rabia, nuestro ego, nuestra sombra o nuestras emociones incómodas. No hay que asumir el rol de la tranquilidad si, por vernos serenas, estamos tragándonos todo lo que nos duele o sentimos. No hay que asumir el rol de la esposa ideal si, para cumplirlo, tenemos que silenciar nuestros deseos, nuestros límites o nuestra propia evolución. No hay que asumir el rol de la que siempre tiene la casa lista si la casa está impecable, pero uno está agotada y resentida. No hay que asumir ningún rol como si fuera una receta de repostería, pues ser mamá no siempre viene con tres tazas de paciencia y una cucharada de rutina.
Los roles nos ayudan a pertenecer, a organizarnos y a saber cómo movernos en el mundo de una manera positiva solo cuando los elegimos desde nuestra verdad, desde lo que queremos o con lo que en realidad conectamos.
Un rol elegido es una manera de expresar nuestra verdad, pero un rol impuesto es una cárcel sin libertad.





